Etiopía, el país del Nilo Azul

El continente africano podría dividirse en tres partes: África del norte y musulmana, el África negra y Etiopía. Este país es el único territorio africano que nunca fue colonizado..

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Las cataratas Tis Issat de 45 metros de altura son parte de la aldea de Tiss Abay.

Por Antonio Picazo

Hace 3.000 años la reina de Saba, Makeda, viajó desde sus dominios en el Cuerno de África –hoy, parte de Etiopía y Yemen– hasta Israel para conocer al rey Salomón. De su larga estancia en las tierras del monarca judío, Makeda regresó embarazada y dio a luz a un niño que llamó Menelik. Pasados los años, el príncipe viajó a Israel y el rey Salomón lo colmó de regalos, entre los que había el Arca de la Alianza que contenía las tablas de la Ley. Menelik se llevó el Arca a Saba y, aunque algunas fuentes dicen que robó la reliquia, la historia es más o menos así contada en el Kebra Nagast, el Libro de la Gloria de los reyes etíopes. A Menelik se lo considera, pues, el fundador de la dinastía que gobernó esta tierra hasta Haile Selassie, derrocado en 1974 y fallecido en 1975.

En la actualidad, el Arca de la Alianza se supone que se encuentra en una capilla contigua a la iglesia de Santa María de Sión, en la histórica Aksum. Y se supone porque a nadie, salvo al guardián del Arca, le está permitido ver tan sagrado cofre. Los devotos que llegan hasta Santa María de Sión observan cómo, de vez en cuando, el sacerdote custodio, vestido con una túnica de color ámbar, patrulla alrededor de la cámara deteniéndose para regar el umbral arrojando agua mediante un viejo y oxidado bote, y luego desaparecer en el interior de la estancia. No ven nada más.

Aksum no solo cuenta con el Arca de la Alianza para componer su partitura de lugar histórico junto a Gondar y Lalibela. También guarda los restos del palacio de la reina de Saba y un estanque a las afueras donde se dice que Makeda se bañaba y acicalaba su belleza. Al atardecer, decenas de chicas llegan a ese estanque para recoger agua en sus bidones amarillos y luego ascienden la cuesta en una colorista caravana de aguadoras. En Aksum, además, se localiza el famoso Campo de las Estelas, un conjunto de lápidas mortuorias con dos obeliscos que pertenece a la civilización axumita, un pueblo mercader que desarrolló su esplendor y avanzada cultura entre los siglos I y VII.

El resto de la ciudad no aparenta tener mayores atractivos bajo su alfombra de secarral cercano a Eritrea. Posee, no obstante, detalles cotidianos en pequeños cafés y bares de raído mobiliario a los que acuden soldados, forasteros y campesinos para dejar sus propias soledades o quizá para esperar a que, hacia el final de la tarde, las matronas dueñas de los locales realicen la ceremonia del café. No hay que olvidar que Etiopía es la cuna de esta aromática bebida.

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La iglesia de Abuna Yemeta aprovecha un saliente rocoso de las montañas situadas al sudeste de Aksum.

En la ruta entre Aksum y Gondar –se circule en vehículo o bien se sobrevuelen los caminos– siempre va a estar presente y vigilante el gran macizo de Simien. Estos montes declarados Patrimonio de la Humanidad han creado grietas de fondos infinitos, así como sendas solitarias y agrestes por donde trepan cabras y los peludos babuinos gelada, un primate endémico de las tierras altas de Etiopía. Pero sobre todo, los Simien han sido los creadores del corte y confección de incontables precipicios, en una buena parte forrados de verde vegetal.

Los montes Simien podrían perfectamente ser confundidos con un desconocido parque natural del planeta Marte. Aquí todo es tan desmesurado que hasta el sol que cada tarde se pone tras las cumbres y los cantiles, en la distancia, se asemeja a un enorme disco CD. En los montes Simien se encuentra una de las cumbres más destacadas de África, el Ras Dejen, con 4.533 metros de altitud.

Rumbo sur entramos en Gondar. Emplazada a 2.200 metros de altitud, fue la capital en el siglo XVII del reino de Fasilidas. Durante su gobierno se expulsó tanto a misioneros jesuitas como a otros elementos perturbadores para su poder y su cristianismo copto. Construyó un curioso castillo cuyo estilo posee una gran influencia del barroco europeo con acento portugués, fruto de los contactos entre Etiopía y Portugal desde el siglo XVI, cuando las tropas lusas ayudaron a repeler los intentos de conquista árabes. El de Fasilidas es uno de los seis castillos del conjunto real de Gondar, un recinto amurallado con túneles y pasos elevados que comunican los distintos edificios.

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El castillo de Fasilidas forma parte de un conjunto de seis palacios rodeados de jardines y conectados por pasajes exteriores y subterráneos.

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Monasterio del lago Tana

Entre calles pobladas de carritos tirados por caballos, hatos de burros y una cierta multitud de gentes que van o vienen cubiertos con sus tradicionales mantos blancos, llego a la iglesia de Debre Birhan Selassie, La Trinidad sobre el Monte Luminoso. El templo, cuyo origen data del siglo XVII, no parece un monumento espectacular, su aspecto tampoco llama la atención y la parte exterior es tosca, pero su interior resulta sobrecogedor: desde los pasillos con muebles y cortinas, hasta los objetos sacros y los frescos del techo, donde aparecen numerosas cabezas de ángeles de grandes ojos, pintadas al estilo de las imágenes tradicionales de la iglesia etíope. Todo está cubierto por una vieja atmósfera, por una pátina formada por el poso de los años, y sobre todo, por el invisible hollín acumulado gracias tanto a los cánticos como a las interminables oraciones de los religiosos coptos.

La primera vez que llegué al templo encontré en su interior, junto a la puerta de entrada, a un sacerdote enjuto que estaba de pie apoyado sobre el dintel; el clérigo ponía su cruz de mano bajo un rostro ahumado, sobre el pecho. Una docena de años después, el mismo hombre estaba en el mismo sitio, en la misma posición, presentando su cruz de la misma forma y observándome como me observaba aquella primera vez. En esta ocasión el sacerdote permanecía, eso sí, más cetrino, más acartonado, formando ya parte del barniz devoto general de la iglesia.

Sobre la colina de Bazawit, cercana a la población de Bahar Dar, se puede ver cómo el Nilo Azul abandona el lago Tana y se marcha hacia su lejana unión, en Jartum (Sudán), con el Nilo Blanco para entonces formar el gran Nilo. Un poco más lejos, a unos 70 kilómetros de Bahar Dar, están las fuentes del Nilo Azul, descubiertas en 1618 por el jesuita español Pedro Páez en uno de sus muchos viajes como asesor del emperador Susinios, al que convirtió al cristianismo.

Bahar Dar es la puerta de embarque del lago Tana. Situada al sur del lago, desde esta población parten las chalupas que llevan hasta algunas de las 37 islas del lago, donde se hallan ciertos monasterios coptos. “¿Tiene usted una linterna?”, pregunta el barquero al intrigado pasajero que, en pleno día, accede perplejo a la embarcación. Y la razón de esta pregunta se debe a que en el regreso nocturno de una ajetreada travesía –las aguas del Tana suelen tener mal genio–, se necesita algún que otro punto de luz ya que las embarcaciones carecen de foco alguno y la navegación se acababa convirtiendo en un viaje poblado de dudas tenebrosas.

La embarcación se ve a veces acompañada por alguna takwa, la tradicional y precaria balsa hecha con el papiro del lago. Así hasta, por ejemplo, el monasterio de Kentran Gabriel, cuya comunidad de monjes ascéticos –las mujeres tienen prohibido el acceso a la isla–, además de guardar una iglesia con unos interesantes frescos, mantiene un pequeño y rudo museo con diversas piezas históricas (coronas, sables, joyas) de la realeza etíope; también pinturas en tablas y trípticos, así como valiosos y antiguos códices que el monje encargado del museo maneja y muestra sin excesivo esmero.

Una carretera plenamente africana, de tierra y apenas señalizada, conduce al conjunto de iglesias de roca de Lalibela, unos 300 kilómetros al este desde Bahar Dar. El camino está especialmente trazado para gente paciente, por eso de vez en cuando hay que detenerse para recomponer la fe en la ruta. Y el viajero puede pedir asilo en cualquier pequeño restaurante de carretera, aunque en ellos se ofrezca poco más que injera. Se trata de un plato abrasivo y especiado, a base de carne y verduras, que se sirve sobre una gran oblea flácida hecha a partir de semillas molidas de teft, un cereal de granos diminutos parecido al mijo.

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Excavado en el suelo, el monasterio de San Jorge solo deja ver su forma de cruz desde arriba. Es uno de los once templos declarados Patrimonio de la Humanidad.

Cerca de Lalibela, en un establecimiento donde cocinan una especialmente belicosa injera, un joven viene y me dice: “Vendo calcetines inteligentes, son imprescindibles para las pulgas de las iglesias de Lalibela”. Y tiene razón, porque en la mayor parte de los templos de roca de este lugar, entre las alfombras y esterillas que cubren sus suelos, viven ciertas colonias de pulgas que atacan sin consideración los tobillos y empeines de los visitantes. Aunque hay que reconocer que si bien el talento de estos calcetines impide la desazón, su lana basta y de tacto pendenciero produce el mismo prurito que el rencor de las pulgas. No se sabe qué es peor.

Cuenta la leyenda que, una noche, la madre de un rey de la dinastía Zagwe, que acababa de tener un hijo, vio como un enjambre de abejas rodeaba al recién nacido. La mujer pensó: “Las abejas saben que este niño llegará a ser rey”. Al chico le pusieron el nombre de Lalibela, que significa: “las abejas reconocen su soberanía”. En efecto, con el tiempo, Lalibela fue rey. Una noche soñó con un conjunto de once iglesias y, al despertarse, decidió reproducirlas en la realidad. Ayudado por una cuadrilla de ángeles, sobre los campos cercanos a la población de Roha, construyó diversos templos excavados en la roca.

Ya lejos de la leyenda, estas iglesias hundidas en el suelo se cree que realmente fueron esculpidas en el siglo XIII por expertos y hábiles cinceladores. El conjunto rupestre, actualmente declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, forma una sorprendente ciudad monacal con la famosa iglesia de San Jorge, en forma de cruz griega, como máximo atractivo. Pero Lalibela también está formada por pasillos, pasadizos, callejones, galerías, rincones, huecos, estrechas escaleras y esquinas umbrías, refugios de silencio donde viejos monjes de piel apergaminada se aíslan para orar o leer en soledad textos sagrados, confundiendo, con una rara y pura armonía, sus rostros y manos con el fondo de la roca rojiza.

Esta Etiopía envuelta en el misticismo de uno de los cristianismos más primitivos se encuentra a años luz de la Etiopía tribal que se extiende al sur de Addis Abeba y de la Gran Falla del Rift. En esa inmensa y fértil región surcada por ríos y montañas habitan más de cien tribus que preservan sus ritos con tanto celo como sus compatriotas, los monjes de Aksum, Gondar y Lalibela.

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El Cristianismo ortodoxo etíope

La fe cristiana se extendió por Etiopía a partir del siglo IV, cuando el monje misionero Frumencio convirtió al cristianismo al rey Ezana de Aksum. En el siglo V, a raíz del concilio de Calcedonia, se produjo una disensión en la cristiandad y en sus conceptos teológicos. Un sector mayoritario de la Iglesia defendió la doble naturaleza divina y humana de Cristo, pero hubo otra tendencia contraria, la monofisita, que tutelaba la idea de una única naturaleza de Jesús, la divina.

Tras el concilio, nueve misioneros, fugitivos de las persecuciones provocadas por Calcedonia, llegaron a Etiopía para predicar la doctrina monofisita y fundar diversos monasterios a lo largo del territorio etíope. Así se fue estableciendo la Iglesia tewahedo o unitaria ortodoxa copta etíope. Desde sus inicios el máximo jerarca era el patriarca de la Iglesia de Alejandría, pero en 1959 esta reconoció la independencia de la etíope y ahora el patriarca reside en Addis Abeba.

Fuente e imágenes tomadas de National Geographic

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